Maternidad en primera persona

Por: Paloma Lugo Saucedo

Ambivalente. Adj. Que presenta dos interpretaciones o dos valores, frecuentemente opuestos. No se cuánto tiempo lleva esa palabra en el diccionario más grande de habla hispana, pero yo realmente la comprendí el día que me inicié como madre.

Desde pequeña, al igual que muchas mujeres, jugué a ser madre. Tenía dos hijos: Ana Karen, la mayor; y Kikito, un bebé. También tenía una casa grande con alberca. Rosita (mi madre) era mi comadre, y según recuerdo, me dedicaba "a los hijos y al hogar". La romantización de la maternidad, igual que la del matrimonio, fueron interiorizándose en mi, sin darme cuenta. Nunca percibí la infinidad de constructos sociales que envuelven a estos dos momentos de la vida, y con esa idea de maternidad crecí, hasta aquel inolvidable día en el que comencé mi recorrido por el feminismo y mi proceso de deconstrucción.

Nos han enseñado que la maternidad "se nos da", y se nos debe de dar bien. Que para ser madre solo se requiere ser mujer, que hay momentos óptimos y que existe una única forma de maternar. Quizá sea esa conceptualización tan superflua de la maternidad lo que ha impedido dimensionar el significado real de la reproducción, como responsabilidad colectiva. La maternidad es una decisión compleja, un reto permanente y una gran responsabilidad. Por eso creo que necesita ser voluntaria, deseada y a conciencia. Porque esa tranquilidad que a muchas nos inunda el día que abortamos, es igual de grandiosa que la felicidad que a muchas nos abraza el día que maternamos, porque así debería ser la maternidad: elegida.

Mi obsesión por el control, me llevó a planear minuciosamente mi vida reproductiva y a prepararme lo mejor posible para la aventura maternal. Elegí el momento adecuado, e intenté programarme mental, física y emocionalmente. Hice todo un plan de parto y hasta estructuré rutinas para los primeros tres y seis meses. Sin embargo, la maternidad se encargó de darme mi primera lección: ser flexible y fluir. Así, aunque deseaba un parto vaginal, finalmente resultó en cesárea; y aunque no planeaba más de tres meses de lactancia, aquí me tienen en el séptimo mes, y sin muchas ganas de concluir, porque así es la maternidad: incierta.

Se ha romantizado a la maternidad como una experiencia imperdible que debe acompañarse de sacrificio, amor incondicional, y renuncia a nuestra propia identidad; sin embargo, el día que me convertí en madre fue inevitable no extrañar mi vida anterior, mi libertad y mi independencia. Fue imposible no extrañar ese otro espacio de pertenencia como mi empleo (remunerado), esa zona que ya conocía, donde si me identificaba, y que si dominaba. También fallé en el sacrificio, porque más de una vez quise tirar la toalla y al final reconocí que no puedo sola y acepté ayuda para dormir dos horas seguidas, por lo menos, porque así también es la maternidad: agotadora.

Al mismo tiempo, fue revelador descubrirme aburrida de esta nueva vida que estaba experimentando, a escasos 10 días. O, mejor dicho, ni siquiera encontrarme en esta nueva etapa, que yo misma había decidido iniciar. Fue abrumador sentirme sola, cuando estaba más acompañada que nunca; fue desalentador ver las huellas en mi cuerpo que dejaba un embarazo y un parto; y fue impresionante encontrarme averiguando dentro de mi, si había tomado la decisión correcta, si había sido realmente el momento oportuno, si estaba preparada para ser madre, o si tendría que resignarme a no desarrollar esa "vocación de madre" o ese "instinto maternal" y por lo tanto, había cometido un error irreparable. Porque eso parece ser la maternidad: inseguridad.

No fue necesario que la sociedad me hiciera sentir culpable por "abandonar" a mi hija, para poder regresar al trabajo remunerado, o para asistir a una reunión entre amigas; tampoco fue necesario que me señalaran como mala madre, cuando lloré desesperada, cansada y estresada de su llanto interminable, queriendo huir de mi propia casa. Antes de la estigmatización y el juicio social, ya me había auto estigmatizado y auto enjuiciado yo misma. La maternidad es la capa más fina, casi imperceptible pero sumamente poderosa que tiene el patriarcado para controlar a las mujeres. Justo porque tiene entre sus oprimidas a las mismas opresoras. Porque así suele ser la maternidad: culposa.

Nadie me advirtió del tsunami emocional que muchas veces trae consigo el puerperio y que eso es normal y está bien. Atraviesa nuestra mente y nuestro cuerpo durante al menos cuarenta días, pero muy poco conocemos de el. El día que me dijeron "yo también me sentí así" descubrí que no era la única en el mundo que se sentía triste, sola, rara y culpable (para variar) y entendí lo importante de tener redes de apoyo, pero también de ser red, porque así también tendría que ser la maternidad: acompañada.

Lo cierto es que una nueva versión de mi nació junto con mi hija. No fue inmediato, pero la conexión que tenemos llegó para quedarse. Me emociona el proceso de crianza feminista que estamos experimentando. Estamos aprendiendo juntas, porque ella no había sido hija y yo tampoco había sido madre, pero me motiva mucho guiar y eso me obliga a trabajar en mi, para guiar desde el ejemplo, desde el respeto y desde el amor; para acompañarla en sus aventuras, aprendizajes, aciertos, errores, dudas y temores, porque también así puede ser la maternidad: transformadora y combativa.

Quise escribir sobre mi experiencia maternal, resaltando los claroscuros que he vivido, porque considero que hace falta desromantizar la maternidad. Hablar de maternidades (en plural) reales, más allá del proceso biológico y reproductivo, implica reconocer que la maternidad es una decisión personal que se vive de muchas formas, y en todas ellas se aprende, se falla, se acierta, se intenta, se sufre, se llora y también se divierte y emociona. Es efímera y preciosa, pero también es pesada y agotadora. Para eso es necesario apreciar el vaivén de emociones y permitirse sentir rabia, alegría y a veces tristeza; desconocerse y reconocerse de nuevo. Porque así es la maternidad: ambivalentemente imperfecta.