Los Perros: la suerte no se hereda si se nombra

15.03.2021

Dalila R. Tienda


Y si te digo que no nombres a Jerónimo, es para que escapes a la desventura de ver a tu madre golpeada por un mal hombre, con las greñas ya blancas, batidas en su propia sangre y los dientes rotos, saliéndosele de la boca. Muerta en la puerta de tu casa después de siete años de buscarte.

(LOS PERROS, Elena Garro)

Que los perros aúllen, que no se queden silencios y nunca les corten las patas -como hicieron con los del pueblo el día en que se llevaron a Manuela -porque ellos ven la muerte venir con el aullido y una quiere estar viva, con la piel entera y gruesa, para que ningún hombre venga a depellejarnos, a desgraciarnos; eso pensaba yo mientras leía esta obra escrita por Elena Garro.

Los perros es una obra de teatro en un acto, publicada en 1965. Con una estructura de tragedia griega, en la que el oráculo que dicta el destino de una niña, Úrsula, es el mismo contexto social de México, la obra nos hace sentir que caminamos en una hebra de hilo muy fina. Mientras leemos, como un retazo de tela de algodón, nos vamos deshilachado.

Las acciones dramáticas se desarrollan en el interior de una choza de algún pueblo de México, en donde Úrsula y su madre, Manuela, se preparan para ir a vender a la fiesta del pueblo. La niña tiene miedo porque sabe que un hombre la acecha desde que era aún más chiquita. Todo se deriva de ahí: de una niña que vive en un pueblo lleno de agujeros, no sabe planchar vestidos, no le gustan las fiestas santas, tiene miedo porque un hombre mayor la persigue como un animal salvaje y en ese pueblo agujereado no se quiere nombra la mala suerte a la que está condenada, aquí, el aullido de los perros es un mal augurio.

Su primo Javier le advierte a Úrsula que Jerónimo, el hombre que la persigue, quiere robársela esa misma noche para arrancarle la piel y convertirla en una mujer desgraciada: "La mujer apartada, la que avergüenza al hombre, la que carga las piedras y recibe los golpes, la que apaga la lumbre en la cocina con sus lágrimas...".

La suerte no se hereda si no se nombra, decía la mamá de Manuela, por eso se niega a escuchar a Úrsula cuando le cuenta de Jerónimo, por eso Javier no quiere quitarle la inocencia diciéndole lo que aquel hombre quiere hacerle, aparte, dice él, le costaría la vida. Pero, finalmente, es Manuela la que le cuenta a su hija lo que va a pasarle. Una suerte heredada, pues ella misma fue raptada y despojada de su inocencia por un hombre llamado Antonio Rosales. Las mujeres de esta obra, receptoras de la violencia y la impunidad (encaprichamiento, como lo dice la obra), se ven obligadas a romper el silencio entre ellas, mirarse resignadas y esperar el día en que llegue el que ha de arrancarles la piel. A través de un lenguaje muy poético, que poco suaviza lo que sucede, esta cruda obra nos pone frente a una realidad que no queremos reconocer.

Algunos académicos sitúan a la obra en el género del realismo mágico, otros hablan de una inclinación surrealista, pero aquí no hay vuelta de tuerca, esta obra no tiene giros fantásticos o elementos mágicos que puedan cambiar el destino de Úrsula. Probablemente sea la ambientación, en la que la voz de Javier, el primo de Úrsula, se escucha muy grande, muy sola, muy pecadora, que nos hace sentir como si leyéramos desde la frontera realidad-ficción.

En esta tragedia mexicana, el destino de Úrsula está marcado claramente y no hay consuelo de que pueda ser cambiado. Pero entonces, el destino de Manuela, también está trazado: tendrá que salir a buscar a su hija, como lo hizo muchos años atrás su madre; se convierte entonces en una heroína trágica, que emprenderá un viaje largo para reunirse con su hija durante breves instantes pues, el oráculo dicta que será asesinada por un mal hombre.

Al leer un pueblo lleno de agujeros, imagino un lugar que se va vaciando poco a poco: el sonido de los aullidos, el llanto de Úrsula (¡No quiero que me agarre! Javier, dile que me deje con mi mamá.) y la suerte que se repite una y otra vez. Al final, sólo queda un silencio sordo que esconde algún llanto, algún grito rezagado, que no pudo salir por esos agujeros.

La suerte no se hereda si se nombra, pienso yo. La actualidad que tiene un texto escrito hace más de cincuenta años es preocupante. Cuando hablamos de una tragedia, sabemos que el destino no cambia, sin importar qué hagan los personajes para evitar la fatalidad, pero, aunque así lo parezca, nosotros no somos parte de una tragedia. Leemos desde la realidad, esa que nos lacera y mayuga la piel y la conciencia. Para no heredar la suerte, para no hacer de la violencia una tradición, habrá que nombrar una, y otra, y otra, y otra vez.

Mientras escribo, afuera un perro negro, sin una pata delantera (¿será que es manco?) aúlla; "Dios le cuide mucho las otras tres patas y conserve su gragantita intacta. Mientras él siga aullando un augurio, yo voy a tratar de encontrar nombres para llenar este silencio, para tapar los agujeros de la ciudad", pienso.