Las maternidades elegidas, también son combativas

Por: Laura A. Salgado Espinosa

Existen momentos de nuestra vida en los que nos enfrentamos a diversas experiencias, desde las más gloriosas hasta las más brutales. Elegir ser madre, es un gran y difícil decisión, pues más allá de cualquier intento de romantizarla, representa ser un salto de fe del cual todos y todas te hablan, pero es hasta que estás al borde de ese mundo desconocido, donde realmente te das cuenta de que es un proceso único, personal e íntimo.

Apropiarnos de nuestro cuerpo, por derecho humano esencial, es un tópico que por décadas al patriarcado no le termina de convencer, precisamente porque sus intereses están por encima siquiera de sumar humanos al mundo, encarna en las mujeres múltiples discursos que defiendan el reloj biológico, los mitos del amor romántico y las ausencias respetadas de quiénes también sanamente se anidan en el machismo, desde la idea que sólo a las mujeres les concierne la responsabilidad de los/as/es hijos/as/es.

La violencia obstétrica, nombrarla siquiera con todas sus letras, es comenzar por la conciencia del daño, es aceptar con dolor, más que el que se vivió al parir, que existen reproductores de las violencias machistas ahora en este espacio tan nuestro y especial.

Desde el anuncio del embarazo, pasando por los inevitables cambios en nuestras cuerpas, el segurito por aquello del eclipse y las tertulias de las mujeres experimentadas en el arte y dinámica de la maternidad, asomaron a las mujeres de manera amigable cada recoveco de esta trasformación de vida.

Las maternidades elegidas son combativas desde el momento en que aceptamos que esta nueva travesía tiene inicio y desearemos que nunca acabe, a menos que nuestros ojos se cierren primero para siempre. Defender el derecho a vivir en libertad, a siempre recordar que nuestro placer es un acto revolucionario con nuestra panza de 36 semanas y las estrías asomándose como prueba irrefutable de la resistencia de nuestra piel para sostener la vida de nuestra cría. Las noches de insomnio pensando sí lo haremos bien, si cambiaremos algo de nuestra crianza vivida y de cómo será la sonrisa de nuestra creación hecha de miel, lunas y sueños.

Por eso, cuando hemos llegado al momento de nacer como madres, tenemos el ancestral y sabio derecho por luchar por la forma en la que nuestros/as/es hijos/as/es llegan a este mundo, somos canal y destino, somos orgasmo y puerperio, ni incubadoras ni esclavas. Las maternidades necesitan ser respetadas, desde que las pensamos y las vivimos.

El sistema patriarcal nos arranca a nuestras crías a los 45 días, nos exige no padecer de las dobles y triples jornadas, nos presiona con el reloj biológico y coarta nuestra libertad a decidir sobre nuestros cuerpos.

Vivimos en una paradoja constante, dónde nos quiere convencer de que no nos pertenecemos y usa el amor romántico para transformar la violencia en sentido internalizado de abnegación y sacrificio. Así de cruel. Así de mezquino. Así de terrible.

Si, aún en este tiempo pelear por el derecho a que nuestras cuerpas sean tratadas con delicadeza con la aplicación de la epidural o con la paciencia para conservar una suave respiración, para recuperarnos con tranquilidad y comprensión, de vivir una adaptación en tribu que nos sostiene y alejadas de las que nos exige, sin marcas ni guerra. En mi cuerpa esta la huella de la vida que gesté, en mi alma esta la huella de la vida que me dio vida a mí.