Parir como acto de resistencia

Por: Cyntia Moncada

La amabilidad que caracterizó a mi ginecólogo durante los ocho meses que llevó el seguimiento de mi embarazo se esfumó, cuando le mostré mi plan de parto: "Yo no hago partos sin anestesia", me dijo, y luego me desplegó una lista de posibilidades para convencerme de que no sabía lo que decía: "Te vas a shockear", "No vas a soportar el dolor", "Todas terminan suplicando por anestesia", "Por tu complexión no vas a poder", "Te vas a desgarrar y vas a tener dolor toda la vida".

La convicción que adquirí en mis cursos de psicoprofilaxis, leyendo los testimonios de mujeres que habían tenido partos respetados y la certeza de que yo podía participar en las decisiones sobre mi cuerpo se tambalearon ante el panorama que me plateó el doctor. Hasta ese momento yo confiaba en él, había puesto en sus manos la misión de traer al mundo al ser más importante de mi vida, ¿Y si tenía razón? ¿Y si era cierto que no podría parir? ¿Y si aferrarme a un parto ponía en peligro la vida de mi bebé?

Las mujeres hemos parido siempre. Hace años lo hacíamos con nula intervención, en casa, en compañía. Los avances médicos redujeron la muerte materna, pero la mercantilización de la ciencia nos robó la intimidad. El proceso cambió de foco, pasó de ser un momento íntimo, a un procedimiento médico más. Nos quitaron la posibilidad de decidir (también) en algo tan personal y trascendental como nuestro parto.

En ese momento yo no lo sabía, pero cuando salimos de ese consultorio, mi parto (y luego la maternidad) se convirtió en un acto de resistencia. Yo quería parir como las mujeres del desierto con las que crecí. Preguntamos, investigamos y no paramos hasta encontrar un médico a favor del parto humanizado: que nos dejara tomar nuestro tiempo, que permitiera a mi pareja ser parte (no sólo un testigo) y que tomara en cuenta mi voluntad informada. Encontramos uno en toda la ciudad.

En 2018, la Organización Mundial de la Salud publicó sus más recientes recomendaciones con respecto a los "cuidados durante el parto para una experiencia de parto positiva", su postura es clara. Reconoce la importancia de una atención centrada en la mujer para "optimizar la experiencia del trabajo de parto y el parto para las mujeres y sus bebés mediante un enfoque holístico basado en los derechos humanos".

Hace algunos días una disposición del Comité de Naciones Unidas para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer (CEDAW) sentó un nuevo precedente, condenó al Estado español por violencia obstétrica. Es la primera vez que éste órgano internacional se pronuncia al respecto.

Hay esfuerzos. En México, por ejemplo, existe la NOM-007-SSA2-2016, Para la atención de la mujer durante el embarazo, parto y puerperio, y de la persona recién nacida en la que se establece como prioridad la seguridad emocional de la mujer durante todo el proceso de parto, ¿pero, cuántas la conocemos?

El término "violencia obstétrica" está cada vez más socializado, sin embargo, la falta de información -o el ocultamiento deliberado- nos impide tener una experiencia de parto positiva. En la realidad las mujeres seguimos padeciendo violencia: cuando los médicos manipulan la información para hacernos parir según su agenda, cuando nos realizan tactos excesivos o nos atan a una cama sin podernos mover conforme a nuestra naturaleza, cuando nos practican cesáreas innecesarias, nos aíslan, gritan e insultan, cuando nos tratan como si fuéramos incapaces de decidir sobre nuestro cuerpo, cuando se nos niega la atención oportuna y -en el otro extremo- cuando abusan de la medicación y nos realizan procedimientos invasivos sin justificación. Nos separan de nuestro bebé durante los primeros minutos que son cruciales. Y, la mayoría de las veces, la posibilidad de tener un parto respetado (también) es un privilegio de clases.

Mi hija vino al mundo de la forma más natural posible. El parto fue en agua. Su papá participó en todo el proceso. Lo primero que vi fueron sus enormes ojos negros, estuvimos piel con piel desde los primeros segundos y no se apartó de mí más que el par de minutos en que el pediatra la revisó. Prácticamente nada de lo que el primer ginecólogo dijo, sucedió.

Elegir cómo parir, ser protagonistas de nuestro parto y que se respeten nuestros derechos reivindica nuestra libertad y autonomía. Parir es político. Para avanzar en la reivindicación de nuestras libertades es necesario que nos regresen el derecho a estar informadas y a decidir sobre nuestro parto.