NO SOY EVA

19.02.2021

Por Liliana Contreras Reyes

No nací del barro ni del maíz ni de la costilla de un hombre. Hay una historia que se narra incluso sin usar palabras. Con verme al espejo, reconozco la mezcla de genes: soy mestiza. Soy un producto híbrido, sincrético. Hay en mí rastros de la conquista y del esclavismo; los hay del catolicismo y del paganismo; del norte y sur de México con sus diferencias abismales; de mis tradiciones familiares que me confrontan a diario con la modernidad.

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Mi abuela Imelda, nació a principios del siglo pasado. Fue educada bajo preceptos que hoy nos parecerían inverosímiles. No fue a la escuela. Crio a sus hermanos. La casaron siendo una adolescente, con un hombre 10 años mayor. Puedo creer que la casaron con él "para mejorar la raza", pues ella era morena y de baja estatura, mientras que él era alto, rubio y de ojos azules. Tuvo ocho hijos, en una familia rural, en la que las mujeres se aseguran de atender a los hombres (esposos, hermanos, hijos) y las hijas mayores crían a los menores. Trabajaba en casa, cuidando animales, cultivando en el patio trasero, curando con hierbas y trayendo recién nacidos al mundo. Vivió sola por muchos años y se mantuvo económicamente a sí misma hasta ese momento, con setenta y seis años de edad. Si pienso en las historias que cuentan sobre ella, principalmente sobre la forma de "educar" a sus hijos a golpes, puedo tomar una postura radical en su contra. Sin embargo, su historia de vida me da luz (y mucha sombra) del por qué era como era.

La recuerdo en la última visita que le hice en el 2004, trepada en el techo de su casa, revisando por qué no funcionaba el tinaco. No pidió ayuda ni se quejó de tener que hacer lo que correspondía a su situación o al momento. Hablaba sin parar y, para no perder tiempo, lo hacía mientras inhalaba y también cuando exhalaba.

La recuerdo fuerte, inmune al paso del tiempo. Parecía haber nacido con sus canas trenzadas, enmarcando una cara llena de marcas, de pocas sonrisas, de una vida difícil en un entorno principalmente masculino y alejado de las facilidades que nos da la tecnología. Aunque tenía muy poco, no necesitaba nada más. Solo sus manos huesudas, con las que trató de curarme de los males que, a mis veintitrés años, me aquejaban el cuerpo y el alma. Me bañó con hojas de cítricos, me envolvió con sus mantas y me dio de comer un caldo de patas de gallina con tortillas asadas al carbón, para que mi cuerpo se purificara.

Algo de ella llevo únicamente en la memoria y en mi sangre, porque ni el apellido me dejaron. Era Jarquín.

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A mi mamá le tocó nacer a mediados de siglo. En sus álbumes, hay fotos con sus minifaldas y pantalones acampanados. Fue de las afortunadas en su familia que pudo cursar hasta segundo de primaria. Aprendió a leer y escribir, a realizar operaciones básicas y a buscar, por todos los medios, un esposo con quien salir de casa. Lo logró a los diecisiete años. Adoptó informalmente a la más chica de sus hermanas, a quien entregó en el altar el día de su boda. Tuvo que ser criada de una familia de italianos que la querían como a una hija. Dejó el clima tropical y terminó viviendo en la antigua Aridoamérica, en la frontera de México y Estados Unidos. Lloró la primera vez que sus plantas de helaron en el extremoso invierno a orillas del río Bravo.

Es la mujer más inteligente que conozco. Terminó la primaria en el INEA, pasando los treinta años. Sin tener una profesión, sacó adelante a cuatro hijos biológicos, más una hermana de encargo. Los cuatro terminamos la universidad. Mi hermana mayor estudió en el Tecnológico de Monterrey. Alguna vez, mi hermano le dijo que era una indígena ambiciosa, por haber motivado a mi hermana a estudiar en una de las universidades más caras del país. Pero lo logró. ¿Cómo? ¿De dónde sacó la idea? No lo sé. Hasta hoy, nunca se lo he preguntado.

Hay frases que repetía incansablemente, para exigirnos lo que tenía que exigir de nosotros: "solo tienes una obligación, ir a la escuela (y sacar diez)", "si yo supiera que no pueden, no les exigiría", "estudien, por si se divorcian, puedan tener un buen trabajo".

Mi abuela le heredó el carácter y puedo decir que, en mucho menor medida, ella me lo heredó a mí. Suelo ser menos intensa en mis emociones. Pero, hay algo que sí me heredó: la certeza de que, como mujer, puedo valerme por mí misma. Tal vez no me lo dijo textualmente, pero lo viví a su lado. Trabajamos un par de año juntas, cuando se separó de mi papá. De día, de noche, de madrugada. Cocinando, cosiendo, haciendo moños, decorando jarrones, dando cursos de tejido. Por todos los medios, siempre supe que, a su lado, podríamos salir adelante.

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Hay teorías del feminismo. Las cuatro famosas olas. No soy una experta en el tema, pero he leído sobre estas etapas y no me siento plenamente identificada con ellas. Podría decir que vivo un feminismo que nace, como dije al principio, de una combinación de genes "biológicos" y "culturales", que me hacen ser la mujer en la que me he convertido.

Hay en mí más características femeninas de las que puedo reconocer, aunque también encuentro esa necesidad de restablecer el lugar de la mujer en el mundo. Debo a mi madre, a mi abuela y a todas las mujeres que me antecedieron esta posibilidad de sentirme una persona. No concibo la idea de que en algún momento en la historia no se nos diera esa cualidad y el no concebirlo es parte de la herencia que he recibido.

Soy afortunada e, incluso, hay una autora que me llamaría feminista "blanquita" (aunque de niña me dijeran La Negrita Cucurumbé), por vivir con cierta ventaja sobre las demás. Una ventaja ilusoria. Vivo el feminismo desde mi realidad, desde mi postura frente al mundo, acompañada de grandes personas, hombres y mujeres, que reconocen que todos tenemos el derecho de ser quienes somos.

Sé que ser mujer es un proceso.

Sé que estamos en desventaja.

Sé que de nosotras depende ir aminorando esa brecha: pensando, sintiendo, escribiendo como la mujer que soy.

No nací del barro ni del maíz.

No nací de la costilla de un hombre.

No nací por el designio de un ser divino.

Nací de una unión. Con una historia genética que me acompaña siempre.

No soy Eva.