Echar raíces

Por: Cyntia Moncada


Cierta gente huyendo de cierta gente.

En cierto país bajo el sol

y bajo ciertas nubes.

Dejan tras de sí su cierto todo,

campos sembrados, ciertas gallinas, perros,

espejos en los que justamente se contempla el fuego.

Wisława Szymborska



Crecí con las historias que se contaban en la cocina de mi abuela, las oía embelesada mucho antes de poder entenderlas -mientras ayudaba a pelar un ajo o limpiar los frijoles- y ahora se me amontonan en los recuerdos. Mi abuela era una mujer del desierto, fuerte y dura por fuera, pero llevaba por dentro una ternura que nunca escatimó conmigo. 

Hablaba de pueblos y sus inundaciones, de seres mitológicos que definieron la forma de las montañas, de personajes de la familia que nunca conocí. Pero había una historia que era mi favorita: la de su migración. Su familia, como muchas en la época, huyó de la Revolución. Me contaba que en ese tiempo tenían que esconder a las mujeres y a las niñas al grito de "¡Ahí viene la bola!". Decía que cuando pasaban los revolucionarios saqueaban los pueblos y se llevaban a las mujeres como mercancía. 

Un día sus papás se cansaron de esa zozobra, de la devastación que la revuelta había dejado por sus pueblos, así que tomaron a los niños, algunas pertenencias y huyeron hacia el norte. Lo dejaron todo: su historia, su pasado, su familia. Mi abuela nació en el camino. No hubo tiempo de recuperarse del parto. Alguna vez leí que las mujeres nómadas de Aridoamérica parían así, donde la naturaleza decía que era hora, no había tiempo de recuperación porque había que seguir el camino, la búsqueda. 

No es difícil imaginar a mi bisabuela como una de esas mujeres. Mi abuela decía que era un india de piel oscura, cabello negro y dientes blancos y que no paró hasta llegar a Castaños, el pueblo que eligieron para vivir y que comenzó a crecer con la llegada de otras familias de desplazados. 

La historia del nacimiento de mi abuela es ya una historia olvidada, ya no queda nadie que pueda recordarla. Cuando ella llegó al pueblo echó unas raíces tan profundas que nunca quiso pasar un día sin dormir en su casa, pero fueron esas raíces las que me permitieron volar a mí.