La elección de ser madre

Por Liliana Contreras Reyes

I

Recuerdo cuando comprendí la menstruación. Soy de esa época en la que nos explicaban cómo la abeja polinizaba las flores, haciendo una comparación del esperma llegando al óvulo. Tenía diez años y faltaban seis para que este tema me preocupara. Ver comerciales de toallas sanitarias o escuchar a mis amigas decir que ya eran "señoritas", me daba risa, pero después, fue la causa de que me dejaran de lado, porque mi desarrollo físico era igual de inmaduro.

Mientras mis compañeras usaban brasier talla 34 B, yo descubrí que la talla 32AA existía y que venía con un discreto relleno. No tenía un "instinto maternal" desarrollado, ni me visualizaba con un bebé ni me hablaron de que ser madre se podía planificar. La llegada de la maternidad dependía de una moneda lanzada al aire, de la suerte de cada mujer y, ante todo, de la férrea decisión de cerrar las piernas.

II

Tengo dos hijos, que llegaron después de tres abortos espontáneos y tres visitas al quirófano para realizarme un legrado. La experiencia fue traumática y gran parte de lo que soy se basa en esos momentos de maternidad frustrada, de enfrentamiento al estigma social y familiar, la decepcionante imagen de un vientre plano y, ante todo, del instante en que observé a un feto, mi hijo, flotando dentro de un frasco de vidrio.

Está de más decir que el servicio médico que recibí fue fatal, en el sentido emocional y de contención que necesitaba. En lugar de enfermeras acompañantes, me tocó compartir esos primeros momentos de dolor con enfermeras inquisidoras, que dedicaron sus pocas palabras a juzgarme o a hacerme sentir la peor mujer del mundo, pues asumían que se trataba de un aborto provocado.

En este momento empiezan mis cuestionamientos: ¿merece una mujer ser juzgada por embarazarse sin estar casada? ¿Merece una mujer ser juzgada por abortar, incluso sin conocer el contexto, su situación o las condiciones en que llegó al hospital? ¿En qué momento se despersonalizó tanto a la mujer, que deja de importar su postura, su decisión, su persona?

Imaginen lo revelador que fue leer, que sexualidad y maternidad son cosas distintas y que no estaba una supeditada a la otra: "la maternidad no deseada oprime la libertad de la mujer (...). La posibilidad de mantener relaciones sexuales sin el temor a un embarazo no deseado resulta, obviamente, fundamental en el desarrollo de una sexualidad más libre. Una libertad que debe traducirse tanto en las elección del goce sexual como en el de la maternidad" (Fernández y Ortega, 2008: p. 253).

Entre mi primer y tercer embarazo pasaron diez años y, entonces, la presión fue otra. Casada y con más de treinta, ¿qué esperaba para tener un bebé? ¿Cómo podía ser feliz? Una familia no es familia, si no hay hijos. Ya sabía que sí quería ser madre, pero tenía miedo. Llegó el tercer bebé, que solo retuve en mi vientre por doce semanas. Las enfermeras y médicos me trataron diferente por el título de señora casada. Nadie pensó que hubiera provocado el aborto y, solo entonces, mi dolor fue validado. La inmadurez vista en mi pubertad, era el indicio de que mi cuerpo no estaba preparado para ser madre.

III

Trabajo por mi cuenta. Ama de casa. Escribo con frecuencia. Decidí renunciar a un trabajo formal cuando mi hijo mayor cumplió un año. Pospuse mis estudios de posgrado hasta que el menor llegue a la adolescencia. Intento ver a mis amigas y familia lo más posible. Después de dormir a mis hijos, realizo las actividades administrativas de mi negocio, platico y ceno con mi esposo, a veces limpio, leo o escribo, tratando de mantener la cordura.

La maternidad por sí misma o junto a otra actividad como trabajar, estudiar, ser ama de casa, te lleva a explotar tus habilidades y tiempos hasta quedar exhausta. Cada noche. De cada día. Por el resto de tu vida. ¿Qué te da la fuerza para lograrlo? El amor a tus hijos (aunque suene cursi). Siempre queda la pregunta en el aire: ¿lo estoy haciendo bien? ¿Es lo mejor que puedo hacer? ¿La estoy regando? A diferencia de otras actividades, éstas preguntas son vitales. Una vida (o dos, en mi caso), depende de nuestras acciones como padres.

¿Qué pasa entonces, con una madre que no queriendo ser madre, trae a un hijo al mundo? ¿Qué pasa con los niños mayores de nueve que nadie quiere adoptar y que se enfrentan no solo al rechazo de sus progenitores, sino al rechazo social? ¿Por qué defendemos tanto una vida en el vientre y no vemos reflejada la misma euforia en la defensa de niños abandonados?

IV

Ser madre es una experiencia avasalladora. Lo inunda todo, te da y te quita al mismo tiempo.

Te convierte. Te duele. Te obliga a hacer y sentir cosas que no creías posibles. Así como se cae el cabello, las razones para vivir se transforman. Y el cabello renace, pero, a veces, los planes y la esperanza se quedan en un quirófano clandestino, en una cuna que inexplicablemente tenemos que mover sintiéndonos incapaces por dentro. Nos abandonamos o nos reencontramos. ¿Quién nos lo asegura?

Una niña de once años, en la casa hogar en la que ofrecía mi servicio, no juega con sus compañeros porque acaba de tener un hijo por cesárea.

Una madre, frente a mis ojos y frente a otras madres, no puede decirle a su hijo que lo ama, porque no se le "ocurre cómo decírselo". El niño estaba frente a ella.

Una madre adicta abandona a su hija (que también nació adicta) cuando le dicen que tiene una perforación en el intestino, a raíz de largos periodos sin alimento y otros factores que se presentaron al vivir en la calle.

Una joven que "salió embarazada" es obligada por sus padres a quedarse en casa por el estigma social.

Una abuela registra a su nieto como hijo, para que su hija siga su vida y pueda volver a casarse.

Suelo ser idealista. ¿La solución? La profilaxis, la prevención. ¿La lucha? La libertad de cada mujer de decidir sobre su vida, su sexualidad, su maternidad. Lo pienso y lo siento: yo no soy capaz de juzgar, de decidir por otra, de obligar a nadie. ¿La razón? Cada persona es única y vive las experiencias de vida desde su individualidad.

Si una mujer está a favor de la vida de un bebé que no desea, bienvenida. Si una mujer decide someterse a un aborto, bienvenida. Lo que creo firmemente es que, como mujeres, en primer lugar, y como seres humanos, en segundo, debemos comprender que nadie puede decidir por nosotras, porque cada una vive su propia experiencia y, también, cada una será responsable de su decisión.

Fuentes de información: Fernández, P., Ortega, M. (2008). La mujer de letras o la letraherida. Discursos y representaciones sobre la mujer escritora en el siglo XIX. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas.