Hacia una maternidad desobediente

Conquistamos el derecho a no ser madres, a acabar con la

maternidad como destino: ahora el desafío reside en poder

decidir cómo queremos vivir esta experiencia.

Esther Vivas

Por Cyntia Moncada

La prueba resultó positiva. Esperé con ansias ese momento, pero estaba aterrada. Lloré de angustia, de dudas y de miedo: ¿Sería una buena madre? ¿Estaba lista? ¿Era la mejor decisión? ¿Era el momento?

Cuando estaba en la secundaria, era normal que, si alguna compañera dejaba de asistir a la escuela, era porque "salió embarazada". Cuando las veía de nuevo la chispa, la energía y la valentía se les había esfumado, era como si algo se apagara, supongo que ese algo eran los sueños, y en mi pueblo no había muchos lugares donde poner los sueños de una adolescente embarazada. Desde entonces, me prometí que cuando tuviera un hijo (si lo tenía) sería con la firme convicción de que era el momento adecuado.

Así que cuando estaba ahí sentada, con mi prueba positiva de embarazo en las manos, la angustia reapareció: ¿era el momento adecuado? Lo había planeado amorosamente y lo deseaba, pero tenía miedo y dudas. No imaginaba que ese era apenas el inicio de una vida de contradicciones: eso era la maternidad.

Cuando me casé, aún con la presión de los "¿y para cuándo?" y del "reloj biológico" decidí posponer la decisión lo más que pude. Era reportera y mi vida ajetreada. Trabajaba todo el día, cómo podría conciliar la maternidad y el periodismo. No quería ser una mamá ausente, pero tampoco quería renunciar a mi carrera. Nunca vi el futuro claro, aún así, sin saber exactamente por qué, decidí que era el momento.

No hice una lista de los pros y contras. No encontré razones lógicas para traer al mundo a un hijo o hija si este era un lugar terrible. No encontré argumentos contundentes ni redacté un plan de vida. Simplemente decidí que era el momento, lo desee y lo quería vivir, aunque ese deseo era muy parecido a una locura.

No sabía que esa locura me llevaría a conocer un mundo del que no tenía idea ni que el huracán de la maternidad me conduciría al feminismo y que parir, criar y amamantar se iban a convertir en un acto de resistencia.

Pronto me daría cuenta de que cuando te conviertes en madre, el patriarcado pretende decidir todo por ti y que cualquier decisión que vaya en contra de esos estándares te convierte en una rebelde o una loca.

La maternidad también iba a mejorar mi relación con otras mujeres y me llevaría a descubrir la importancia de la sororidad, de hacer tribu y a entender por qué ninguna mujer debería criar en solitario; que son múltiples las formas de maternar porque todas somos diferentes y que los padres pueden y deben maternar.

Los miedos y las dudas que sostuve con la prueba positiva de embarazo no se fueron. La maternidad ha sido durante seis años un camino de alegrías y penas, de encontrarme, perderme y volverme a encontrar; un repertorio de los días másfelicesdemivida y los yanopuedomás.

Las renuncias han sido una constante, porque esto ha sido un juego de malabares entre mi desarrollo profesional, personal y el papel de madre; una eterna sensación de que le debo tiempo a todo; una perorata detrás de todas mis decisiones.

Quizá las batallas son diferentes, pero aún hoy -a la par de la extenuante tarea de criar a un ser humano- la maternidad sigue siendo una cruzada por la libertad, la libertad de ser mujer y madre, la madre que nos dé la gana ser.