Cuando el encierro liberó los demonios

13.04.2021

A más de un año de que se declarara al Covid-19 como pandemia y que en México se impulsara una jornada nacional de sana distancia que llevara a un confinamiento, fuimos muchas las personas que tratamos de romantizar la cuarentena, dejando al descubierto, no solo la desigualdad social y el reforzamiento de nuestra burbuja de privilegios, también descubrimos los demonios internos que al no soportar el encierro salieron a la luz.

Quienes tuvimos la oportunidad de confinarnos y trabajar en casa desde una o más computadoras, de sacar nuestras habilidades culinarias, nuestros dotes artísticos, o hacer tardes de maratón en Netflix, fuimos solo una pequeña parte de la población que tuvo que enfrentarse a sus propios demonios, los que estaban acechando, pero no habían tenido la oportunidad de salir, y en el encierro encontraron un pretexto perfecto para hacerse visibles.

En muchos de los casos se presentaban en forma de violencia, como ese monstruo que crece y crece y es alimentado por el miedo. En otros, el demonio se transformó en ansiedad, como el asesino serial que te estudia, vigila tus pasos, y aparece poco a poco, paso a paso, hasta que ya lo tienes frente a ti, listo para acabar contigo.

Hubo un demonio que nunca imaginamos que teníamos que enfrentar, uno que se presentó como el fantasma de las casas antiguas, que siempre estuvo ahí, que sabíamos o creíamos saber de su existencia, pero nos negamos a reconocerlo: el conocer la verdadera identidad de nuestros hijos. Sus gustos, sus problemas, sus adicciones, sus pesares, esos que, como adolescentes y jóvenes, no siempre cuentan a mamá y papá.

Y fue ahí, a casi un mes de habernos encerrado, que se me apareció ese fantasma, un demonio interno contra el que tuve que luchar, ahora sí, frente a frente, sin que me diera tiempo de prepararme o de al menos meter las manos para defenderme, porque llegó directo a quebrarme el alma.

Salió del espejo directo a ahorcarme y dejarme sin respirar, con su solo reflejo, con su sola aparición supe que, de esa batalla, ya tenía perdidos al menos la mitad de los rounds, porque nunca vi esas necesidades, no escuché sus gritos de desesperación clamando por atención, por comprensión, por una mamá.

Enfrentarse a los demonios de la drogadicción de tus hijos, es enfrentarse no solo a un fantasma, sino a un ente de 20 brazos que te golpea cada segundo, que no te deja dormir, que no te deja respirar, que no te deja levantarte, pero eso sí, te mantiene viva para que vayas consumiéndote poco a poco, para que tu derrota sea lenta.

La cuarentena despertó ese demonio que se presentó en constantes peleas por salir, en escapadas, en violencia, lo que solo se pudo controlar con otro confinamiento: un centro de rehabilitación.

Mi miedo era doble, el primero a contagiarnos de un maldito virus que no sabíamos cómo ni cuándo llegó, y el segundo, a no saber cómo estaba ni cómo lo trataban, y me seguía preguntando, igual que el coronavirus, cómo y cuándo llegaron las adicciones a su vida, y porque, al igual que el maldito virus, había sido imperceptible.

Sé que no he ganado la batalla, y así como con la pandemia, no puedo bajar la guardia para luchar contra ese demonio, que puede regresar en cualquier momento y terminar con esa pelea que está pendiente.

Mi demonio, mi fantasma, otra vez es interno, se guardó. Pero sigo peleando contra él para que no regrese, para que no vuelva a consumirme... y que él no vuelva a consumir.