Esta lucha es por todas

Aurora Moreno

Teníamos 25 años cuando Vero y yo, nos encontrábamos en un café del centro de la ciudad, nos gustaba mucho ir a ese lugar pues su tranquilidad era la perfecta aliada de todos nuestros planes y sueños, nos encantaba idealizar e imaginar el momento en que en nuestra pequeña y conservadora ciudad ninguna mujer tuviera miedo de salir y alzar la voz.

No recuerdo exactamente cuál era el tema en ese momento, pero si recuerdo verla hacer una pausa, tomar aire y desviar su mirada hacia la ventana, entonces con voz queda me preguntó: "¿Qué piensas del aborto?".

Hoy en día, cada que recuerdo ese momento, no puedo evitar sentir vergüenza y reír un poco sobre mi pensamiento, pues lo primero que me vino a la mente fueron esas ocasiones donde el producto por algún motivo no puede concluir su nacimiento, esas veces donde el cuerpo lo desecha de manera "natural". No le contesté de inmediato, pero ella pudo notar que no entendí del todo su pregunta, a lo que agregó: "¿Qué piensas de las mujeres que eligen abortar?".

Le contesté que era decisión de cada quien y que no sabía mucho del tema. Y era cierto, hace ocho años, yo no sabía muchas cosas que ahora sé. Con su mirada aún en la ventana y su cabeza recargada sobre sus manos me confesó: "Yo lo hice hace mucho, nadie lo sabe, bueno, lo sabía".

En ese momento no sabía qué hacer, no sabía si abrazarla, pues no la veía desconsolada, no podía decirle que la entendía, porque tampoco era así y supuse que al expresar que nadie lo sabía y ahora sí la liberaba de cierta carga, así que le dije que si quería platicarme lo hiciera.

Vero tenía 19 años cuando supo que estaba embarazada, no tenía una pareja estable, acababa de iniciar sus estudios en la universidad, trabajaba por las tardes y buscaba la famosa y deseada independencia, salirse de su casa era su pensamiento más recurrente.

Me contó que estaba en una fiesta, que no estaba ebria y coqueteando con un chavo las cosas se dieron. "Yo siempre he sido muy responsable y lo sabes, sin globos no hay fiesta", me dijo haciendo burla, y la verdad es que sí lo era, siempre portaba en su bolsa un par de preservativos por si en algún momento un cabrón le salía con él "no traigo, me vengo afuera".

Admiraba su franqueza y la manera en que veía los tabúes que nuestra sociedad de doble moral suele tachar hasta la fecha. Aún así algo no funcionó; me confesó que sus primeros pensamientos fueron: ¿Qué le iba a dar a ese bebé? ¿Qué es lo que iba a hacer con él? En su momento sintió que fue egoísta pues no podía dejar de pensar en planes a futuro en los que no figuraba ser madre y mucho menos aventarse todo el paquete de la crianza ella sola; y con sus tres pruebas caseras de embarazo positivas decidió no platicarle a nadie y actuar sola.

Pasaron un par de días y decidió acudir al mercado del centro de la ciudad a buscar alguna yerberia para comprar "algo", ni siquiera sabía que tenía qué comprar, o qué tenía que pedir, pero ella estaba convencida que en ese lugar contraría. La señora que encontró en un puesto, después de escucharla le entregó una bolsita de papel estraza con hierbas secas, le dió la indicación de que hiciera un té y se acostara. Le advirtió que le dolería el vientre y tal vez hasta llegaría a sangrar, pero que no hiciera nada más y unas horas después volviera a tomar el té y si quería estar más segura, lo volviera a tomar una tercera vez.

Nunca supo en realidad qué fué lo que bebió pero era eso o acudir a un lugar donde alguien le platicó que le meterían algún artefacto para rasparle la vagina y la matriz. También sabía que en ese tipo de lugares las mujeres pueden morir, que no era del todo limpio pues eran lugares clandestinos. Pero ella no quería morir, así que tomó el té.

Recuerda que sangró como si tuviera una herida grande, su memoria selectiva solo le permitía conservar algunos vagos momentos de ese día. Después, ella esperó un par de meses para asistir a una consulta médica, con la excusa de un chequeo general.

Era seguro que si el embarazo seguía en desarrollo lo sabría de inmediato, terminó su chequeo, salió de la clínica con la certeza de que las hierbas habían funcionado. Me confesó que lloró con mucho dolor en el alma, no por lo que había hecho, sino porque le pesaba tener que vivir ese proceso sola.

No sabía si el té que había tomado le trajera consecuencias de salud, le dolía saber que tenía que ser un secreto, porque si se hacía público sería juzgada y rechazada por muchas persona, le dolía ser tan vulnerable, se sentía una criminal. Con el paso del tiempo, de ser un pensamiento diario lo recordaba de vez en cuando, ese dolor se convirtió en su lucha diaria, ella no quería que más mujeres se sintieran criminales.

¿Por qué debería una mujer sentirse como una delincuente por decidir sobre su futuro y su cuerpo? Vero contó que a menudo se topaba con propagandas o testimonios de mujeres que confesaban sentirse arrepentidas por haber elegido el aborto, pero ella sabía que había sido su mejor decisión.

Me miró y me dijo: "Tenemos que luchar, tenemos que ser unidas" su convicción y firmeza al decirme esas palabras me marcaron y nunca las olvidaré. Nunca la cuestioné sobre por qué decidió confesármelo a mí, pero entendí por completo su lucha. Con el tiempo y ocupaciones personales nos fuimos alejando poco a poco, ella se mudó de ciudad y perdimos comunicación.

Vero fue, es y será parte de mi pañuelo verde, ese que me gusta portar en mi puño y bolso, porque estoy convencida que no somos criminales, que estamos luchando por nuestros derechos y lo vamos a conseguir. Jamás volví a saber nada de Vero, hasta el pasado 8 de marzo, donde junto con mis amigas y hermanas sosteniendo una lona con la frase "Será Ley, aborto legal ya" la vi a lo lejos en la plaza donde nos reunimos para iniciar una manifestación. Me sonrió, y después inclinó su cabeza en señal de agradecimiento. Esta lucha es por ella y por todas.