¿Por qué estamos tan cansadas?

Por Cyntia Moncada

Estamos cansadas. La carga nos supera física y emocionalmente. Corremos de la computadora a la lavadora, de la clase en línea, a la junta, de la comida a escribir el informe; con el calendario repleto de actividades debemos hacer una pausa para contener el ataque de angustia de una hija que se abruma porque "todos los niños hablan al mismo tiempo"; publicamos memes y nos reímos (qué más), hablamos con nuestras amigas cuando sentimos que vamos a estallar cuando él aparece con un: "¿aún no se bañan los niños?".

Si las mujeres ya teníamos una doble jornada en tiempos "normales", con la crisis de la cuarentena esa carga se ha duplicado. La responsabilidad de hacer escuela en casa y de estar pendientes de la salud emocional de toda la familia no dan tregua. Las labores domésticas, la escuela y el trabajo en casa nos ha orillado a repensar la distribución de las tareas y nos obliga ahora a poner en la mesa de discusión otro concepto: la carga mental.

La carga mental femenina es un término que usó por primera vez por la socióloga Susan Walzeren 1996 y fue popularizado por la ilustradora Emma Clit (en un comic que puede verse aquí). Básicamente se refiere a ser la project manager de la casa: encargarse de la organización y estar pendiente de que todo funcione.

Estos días, quizá los hombres se han involucrado más y "ayudan", pero la carga mental sigue siendo de las mujeres. Somos nosotras quienes estamos al pendiente de los horarios de las clases virtuales, de lista del súper, de recordarle a los demás lo que tienen que hacer y, además ser el sostén emocional en los días de crisis.

Estamos en medio de una pandemia, algo que nunca habíamos vivido. Hemos activado el modo supervivencia. Todas y todos tenemos miedo e incertidumbre, nos preocupa la economía, pero son las mujeres en general -y las madres en particular- a las que se les ha cargado la enorme responsabilidad de contener todo eso y mantener a flote emocionalmente a la familia.

Hoy más que nunca es necesario visibilizar ese trabajo invisible que las mujeres realizan y comenzar a delegar también esa tarea. Desaprender todas las formas inequitativas de sostener el hogar. No es fácil, nos han enseñado que el trabajo consolar, apoyar, apapachar y cuidar es de las mujeres. Necesitamos mucho trabajo interno, ceder el falso poder de ser la psicóloga de la familia y lidiar con la culpa. Tener la convicción de que es imposible sostener solas esa carga (aunque nuestras madres lo hicieron, pero a costa de su propio bienestar) y que nos merecemos formas más saludables de vivir en pareja.